Y de repente, yo tenía al país en las manos.
Y tú, trémulo y tierno,
te deconstruías sobre mí.
Y así David Ellis cobró sentido,
eran todos los sonidos del mundo.
Me tenías del cuello, sin piedad.
No sé muy bien si comprendiste,
si en tu inocencia y misericordia
entendías mi mirada tristicruel
en la que todos los fenómenos del alma
gravitatorios
acústicos
metafísicos
se condensaban sobre ti.
Golpe de temple y gallardía,
mirada de serenidad y ternura
te clamaba en desesperación para mí
y te prometo
te juro
jamás te hubiese decepcionado.
Precisaba decirtelo todo
pero en tu infinita candidez
inmutable, etéreo
témpano de fiereza juvenil
jamás lo hubieses comprendido.


